Problemas alimenticios (los de Tracey Gold, autoconfesados; por lo visto no ayudaba nada que su personaje fuese prácticamente definido como inteligente pero poco atractivo y tachado de ello, a modo burla, capítulo a capítulo), un ex-ídolo teen (¡la de pósters que acumularía en distintas revistas de índole juvenil a lo Súper Pop!) reconvertido en fundamentalista religioso de lo más extremista (sí, me refiero a Kirk Cameron, quien ejerce de predicador cristiano y ha llegado a señalar que la homosexualidad es “antinatural y destructiva para la civilización“ o a mostrarse como todo un negacionista), actores infantiles de escaso recorrido (a Jeremy Miller lo vimos crecer en pantalla gracias a esta serie; también confesar a Oprah que comenzó a beber a los cuatro años...) y futuras estrellas cinematográficas (un Leonardo DiCaprio que se asomó a ella en la temporada final; temporada en la que dio vida a un joven de complicada vida al que nuestra familia protagonista acababa acogiendo).
